Manuel Martín

Blog personal

Feria del libro

El otro día estuve en la Feria del Libro de Madrid. Llevaba la cartera que me iba a reventar de billetes. 60 eurazos. Pensaba en comprar lo último de lo último y pillar algo que me llamara la atención. Vivir al límite lo llaman. Bibliotecas y librerías hacen que me transforme en Falete frente al escaparate de una pastelería. Hazte con todos, tipo Pokémon. Quería hacerme también al ambientillo, por si acaso el año que viene me toca ir allí a firmar. Mi trayectoria en ese sentido no es mala, ya he dejado mi rúbrica en tiendas de ropa, bancos, multas de tráfico y hasta una vez en comisaría.

Así somos los de provincias, echaos pa’ lante. Sin embargo, también tenemos algún defectillo que otro, más por desconocimiento que por otra cosa. Por ejemplo, al llegar a Madrid siempre pensamos que por la calle te encuentras a famosos sin parar, en cada esquina. Como si las cadenas de televisión, los equipos de fútbol y Ana Botella se hubieran puesto de acuerdo para que siempre haya famosos por las calles. En nuestra ignorancia, llegamos a pensar que cualquier día puedes ir a comprar muebles al IKEA y encontrarte con Mourinho. Qué estúpidos somos. Para la Feria del Libro había pensado lo mismo pero con escritores y gente del mundillo literario.

Ahí estaba yo. Recién salido de un examen, sin dormir y oliendo bien a sudor para no destacar en el metro. Si uno ya es nervioso de por sí, cuando tiene los folios de un examen delante pierde más agua que un piloto de Fórmula 1 en Malasia. He llegado incluso a entregar exámenes que goteaban. El caso es que ni libros ni escritores. La Feria estaba cerrada. Cerrada. Un compañero me había tranquilizado en la universidad: “si eso abre todo el día, no te preocupes”. Y uno se fía. Porque lo importante no es el qué sino el cómo. Cuando alguien te dice algo con la seguridad que me dijo Álvaro esa frase, le crees. Yo la llamo la táctica Bush.

Y es que al salir de un examen se cumple un ritual: tomar cervezas. Es el tercer tiempo del rugby pero en materia escolar. Estudio, examen, cerveza. Lo cierto es que no sé si el ritual es típico de la universidad, de mi facultad, del grupo con el que me junto o simplemente mío. El caso es que ante estas afirmaciones de mi compañero uno se dispone a beber sin prisa, se deja llevar y acaba apareciendo a las cuatro de la tarde por Parque del Retiro. Parque otrora lugar en el que intentaba conquistar algún despistado corazón a golpe de remo en las típicas barcas de la charca que tienen allí cual concursante de Mujeres, Hombres y Viceversa.

Cerrada. El corazón se me encogió de la misma forma que se te encoge cuando te dan una factura en el restaurante y sabes que pagas tú. Por mucho que la mires no cambia ni se esfuma. Lo mismo con las casetas de la (en ese momento puta) Feria del Libro. Las miraba y las miraba y en ninguna aparecía un amable dueño que la abriera sólo para mí. ¿Dónde está Enric González? ¿Belén Esteban? ¿Chicote? Con las ganas me quedé. Compungido con otro sueño sin cumplir. Con el corazón partío. Viéndome a mí mismo correr detrás de un tren que ya no volverá.

Todo tipo de situaciones melancólicas en las que me veía reflejado recorrían mi mente cuando una más real y momentánea me sacudió la cabeza como un puñetazo del Potro de Vallecas: pierdes el autobús. Y uno que es experto en esas lides de perder cosas, tales como dinero, autobuses, trenes o mujeres con las que compartir toda una vida, no estaba dispuesto a quedarse en tierra. Como decía Jorge Martínez el otro día, cualquier excusa es buena para coger un taxi cuando estás en la capital de las Españas. Perder un autobús me pareció una excusa cojonuda. Salí del Retiro y paré un taxi. Nunca he sabido silbar fuerte así que agité mi mano con energía, garbo, ganas y estilo, como la Reina. Le conté mi situación al señor taxista, andaluz y que no llevaba puesta la COPE, que asintió con un “pues en metro ya no llegas”. El buen hombre nos metió por unas calles “que te llevaban más rápido porque no te paraban tantos semáforos” y di gracias a Gallardón por el carril para los taxis y los autobuses, a lo que el hombre me corrigió y me dijo que sólo era para autobuses. Se la estaba jugando por mí. Sí señor. Qué coraje.

Llegamos a tiempo. Tan a tiempo que pude tomar otra cerveza en la estación y terminar con el ritual post-examen. A Humphrey Bogart siempre le quedará París, a mí una cerveza que compartir.

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Un comentario el “Feria del libro

  1. José Mari
    10 junio, 2013

    Bien little padawan, bien

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Esta entrada fue publicada en 10 junio, 2013 por en Personal y etiquetada con , , , .
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